La primera traductora

La primera traductora
Enero 19, 2020 Ediciones Moneda

La llamaron Malinalli, en náhuatl, por su fecha de nacimiento, Malintzin por ser hija de cacique, al morir el cual la madre casó y engendró de nuevo y la dio a unos señores Xicalango. No se sabe cómo la llamaban ellos, pero Malinalli Tenépal, la que puede con la palabra, les tomó la lengua, antes de que la dieran a los de Tabasco y los de Tabasco a Cortés. La llamaron Malinche los que no podían pronunciarlo, que también significa “el dueño de Malinalli”. Un sacerdote católico la bautizó Doña Marina, trámite fundamental de la trata de blancas establecida entre nativos y extraños, pues mediante el bautismo dejaban de ser herejes, con lo cual quedaban libres de pecado quienes las tomaran.

Así sus nombres extraños, impronunciables, desconocidos desaparecían bajo sonidos familiares, María, Marina, Martín, Hernán, pero seguían temiendo la amenaza del habla desconocida, que hacía impenetrable el pensamiento y los planes, los alcances de los dominados.

“En ese tiempo, en los primeros contactos entre españoles e indígenas, la comunicación no era verbal sino “diciéndoles por sus meneos y señas”. Después los españoles se apoderaban de indios para que aprendieran su lengua y les sirvieran de intérpretes. Juliancillo y Melchorejo, indígenas mayas tomados durante el primer viaje de Hernández de Córdova, y que regresaron con Cortés, muestran el esfuerzo de los españoles por comunicarse con los nativos, pero siempre eran vistos con desconfianza porque podían actuar de mala fe e incluso traicionar a sus amos. Por eso Cortés buscó a los náufragos españoles que hubieran aprendido la lengua indígena y tuvo la fortuna de hallar en Cozumel a Jerónimo de Aguilar.”

Cuando Doña Marina fue entregada Cortés, como regalo de paz y bienvenida, tras haber derrotado en Centla a los indígenas, él se la regaló a su vez a Alonso Hernández Portocarrero, al partir el cual a España Doña Marina fue regresada a Cortés. Todavía entonces no la tomó por amante; antes unos soldados la vieron platicando con mujeres enviadas por los mexicas para el servicio de los españoles, y la mandó a llamar para comprobar si era bilingüe. “Así resolvió el problema de entenderse con los  embajadores de Moctezuma: Malinche traducía el náhuatl de los embajadores al maya y Aguilar, el maya al castellano. En poco tiempo, Malinche aprendió suficiente español para traducir el náhuatl directamente al español sin la intervención de Aguilar, por lo que en adelante, todas las comunicaciones importantes entre los castellanos y los mexicas pasaron sólo por Malinche.” Entones Doña Marina adquirió un nuevo nombre, no sabemos si puesto por el amante o por el amo, quizá por ambos: Cortés la llamó “mi lengua”.

También él fue rebautizado por la lengua que a través de ella probaba, como lo explica Bernal Díaz. “Antes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos pasamos, o en otros donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche; y así le nombraré de aquí adelante, Malinche en todas las pláticas que tuviéramos con cualesquier indios, así desta provincia como de la ciudad de México, y no le nombraré Cortés sino en parte que convenga; y la causa de haberle puesto aqueste nombre es que, como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especialmente cuando venían embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el capitán de Marina, y para ser más breve, le llamaron Malinche”. Es decir, el conquistador era llamado con el nombre de la conquistada. Es como si a la iglesia se le hubiera llamado pirámide. Es tal como se le llamó Ángel a la victoria alada que corona el monumento de la independencia de la corona.

Dice Doralicia Carmona, de quien he tomado las citas de las citas:

“Durante la guerra de conquista, debido a su cercanía a Cortés y su papel protagónico, Malinche fue tratada con admiración y respeto por los españoles, y con temor y odio entre los indígenas que la asociaban con el conquistador.”

La lengua de Cortés, Cortés Malinche, se llamaban los amantes, la unidad política. Ella le daba mucho más de lo que ellos ya le habían entregado al que de cualquier manera hubiera saqueado sus corazones, porque así estaba escrito. Dicen que la mejor forma de conocer una ciudad es enamorarse de uno de sus habitantes. Mientras más conocía Cortés, (como el amor cortés) por labios de su amante, más se expandía su poder. Pero a Doña Marina se le reprocha su entrega, porque reprocharle su alianza política hubiera sido darle demasiado crédito. ¿Es entregarse sexualmente sólo una metáfora de entregarle los secretos de la lengua? ¿No es eso lo que hacen los amantes, hablarse al oído? ¿Secretos de dos que son de Dios? ¿No se llevó Cortés a su hijo de ambos dos, Martín, a España, por el gran charco, como si lo hubiera echado al río de la llorona? En sus cartas no la nombra sino en una ocasión, cuando dice: “Después de Dios, le debemos la conquista de la Nueva España a Doña Marina”.

 

Carmen Violeta Avendaño

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