Desfile para un 8 de marzo

Desfile para un 8 de marzo
Marzo 8, 2021 Ediciones Moneda

Antes de que salieran del closet en que el sujetador, sostén o brassier industrial las guardaba del escrutinio público, el límite entre ellas y la mirada lasciva estaba adentro. Eran ellas quienes cargaban con esa responsabilidad o bien la delegaban al armado que a su vez se carga a la espalda y a la piel. Ellas debían comprimirse, si grandes, sin más elección que algodón o poliéster, “cómoda” o “sexy”. Y si pequeñas, debían compensarse con relleno para salir al encuentro de la mirada lasciva, y de paso borrar los pezones de la superficie invariable. Con la salida de las tetas a la calle y su entrada en la esfera pública la frontera fue empujada a los ojos saltones o hundidos de la mirada libidinosa, tasativa y juzgadora hasta adentro de las cuencas, por todo el torrente del sistema patriarcal.

Al sacarse los ojos de encima fue posible ponerlos en el arnés que en apariencia representa un progreso con respecto al corpiño decimonónico, y que en la era de la confección industrial transfiere la producción en serie a los cuerpos, reduciéndolos a unas cuántas tallas. Fue un alivio sacarse a pleno sol el gusto estándar de la lencería industrial al que cada día eran sometidas sus particularidades, sus irregularidades, sus formas de pertenecer a un cuerpo propio.

Hay quien afirma que contribuye a afirmarlos –mi madre por ejemplo- y quien afirma lo contrario –algún estudio de alguna universidad. Los pone a una altura cómoda -¿para quién?- que simula y disimula, con la misma ambigüedad, la excitación permanente, los pechos erectos, al tiempo en que aplasta el signo incriminatorio del pezón, mientras fija la ubicación, centrada, y hace homogéneos los hemisferios.

Pero el efecto primario, además de un tatuaje sin gracia, es la división del cuerpo que apuntala la gran partición estratégica norte sur, del ombligo hacia abajo y del ombligo hacia arriba, determinada por el pantalón. Al observar trajes femeninos indígenas se advierte que la vestimenta de las mujeres del tiempo urbano occidental es folclóricamente masculina. Sospecho de una relación entre el ingreso de las mujeres a las filas de los asalariados y la masculinización de su atuendo. Mientras que el mono y overol escasamente llegan a nuestras curvas, el pantalón de sastre se apropia de la oficina y el desastre del jeans del “tiempo libre”, entre ceñidas horas nalga.

Como suele hacerlo, la industria capitalista reacciona a los movimientos sociales intentando absorberlos y ya los senos libres bajo la tela como alimentos libres de aditivos desfilan por la pasarela vertical de las pantallas en las modelos de casi dos dimensiones aspirantes a estándar industrial, magra encarnación de la competencia, y en las que lucen implantes como un brassier permanente.

Los sostenes que nunca ardieron

¿Cómo es que volvieron los sostenes, tras de haber sido quemados en los 60? ¿Volvieron para la entrevista de trabajo, la reunión de apoderados, para que no vaya a pensar mal el almacenero? ¿Volvieron para proteger a las mujeres de una creciente muchedumbre de hombres ninguneados bajo el patriarcapitalismo -precarizados les dicen- cuya compulsiva búsqueda de aprobación masculina se traduce en agresiones?

La verdad es que los sujetadores nunca ardieron. Fueron amenazados por las llamas, ante la sede de Miss America en Atlantic City (1968), pero las activistas no obtuvieron el permiso para quemarlos y por tanto se abstuvieron ¿Los habrán retirado del tarro de basura de la libertad, donde sí ardieron revistas playboy, en paralelo a la quema de cartillas militares de quienes protestaban contra la guerra de Vietnam?

40 años más tarde, los senos vuelven a la vía pública y en los medios apuntando con toda suavidad a una guerra que ya se juega a otro nivel. A partir del lema Food not Bombs (alimento, no bombas) contra la guerra en Irak, Sherry Glaser en California crea Breasts not Bombs, (senos, no bombas). Ante la Casa Blanca exhibe sobre sus pechos un pequeño cartel con letra cursiva: “let’s get unstressed” (desestresémonos). A su vez, FEMEN, surgido el 2008 en Ucrania, un país donde campea la trata de mujeres, que usaba la provocación erótica en la política, encuentra antecedentes en “Abajo la vergüenza”, movimiento de los años 20 en Rusia en que mujeres se mostraban completamente desnudas en la vía pública y el transporte contra los valores burgueses. Hoy el “sitio oficial” de Femen comercializa camisetas.

No a la agresión, sí a la digresión

Donde suelo ver más mujeres sin sostén es en la FILVA, la feria del libro de Valparaíso. Recientemente asistí a la edición 32, en la excárcel, donde además de apreciar la diversidad de formas y alturas de los pechos advertí un aumento en el uso de vestidos. Tal vez sea considerado un espacio seguro. Los libros pueden ser buenos aliados, y contienen numerosos ejemplos de la relación con la ropa en la diversidad de culturas y tiempos.

La vestimenta no es superficial: pedacitos de tejido de lana pegados a huesos humanos hallados en Anatolia cumplen más de 8500 años. Otra cosa es que haya hecho en ella nido el consumo, si bien la primera gran ruta comercial del mundo fue la de la seda. Roma heredó la infraestructura comercial, industrial y técnica del mundo griego que a su vez había vivido asomado al Oriente medio y Egipto.

Helena, culpada de la guerra de Troya, como si les hicieran falta incentivos para la guerra, a ellos que hicieron sus territorios a punta de lanza, Helena era llamada la del largo peplo, túnica que llevaban las griegas hace unos 2500 años, amplia, suelta, sin mangas, que caía de los hombros. Pero Helena no se limitaba a ser vista: ella veía y dejaba constancia de todo lo que pasaba, Helena cronista. Así la halló, según Homero, la mensajera Iris en el palacio de los teucros: “tejiendo una gran tela doble purpúrea, en la cual entretejía muchos trabajos que los teucros, domadores de caballos, y los aqueos, de broncíneas corazas habían padecido por ella en la marcial contienda”.

Y esta es la versión de Safo, aquella que Ovidio llamaba lo más lascivo que existe, y Platón la décima musa, y Sócrates la bella Safo, no por su físico sino por su poesía:

 

Algunos dicen que un ejército de caballería,

o de infantería o una escuadra de navíos,

es lo más bello sobre la oscura tierra. Yo digo

que lo que una ama.

Y muy fácil es que todos lo comprendan.

Porque Helena, que conoció a los más bellos

hombres, abandonó a su marido

el mejor de todos,

por navegar a Troya,

sin acordarse de hijos ni del cariño

de los padres ¡Tan lejos desvió Cipris

a la amante!

Pues logra Cipris al corazón doblegar

y al que ama que nunca levemente ame.

Ahora me hace recordar a Anactoria,

que no está conmigo,

y a la que quisiera ver con su amoroso andar

y la radiante luz de su rostro,

mucho más que a los carros lidios o las armas

con que combaten de pie sus guerreros.

 

Carlos Montemayor, el de las fieles traducciones, señala en el prólogo a sus versiones de Safo que en Lesbos, su isla, la tradición del tejido (guirnaldas rituales, collares de adorno, mascadas, vestidos peinados, etc.) debió ser la contrapartida de un alto sentido social de lujo que acaso entrañaba lo “gracioso” o “natural”, en correspondencia con el refinamiento de las relaciones, la danza, la música y el canto, como lo confirman algunos de esos fragmentos de la obra de Safo que nos dejan siempre con ganas de más:

…y bajo la túnica

bordada, un bello trabajo lidio, se ocultaban

sus pies

te pido …

que aparezcas, Gónguila, vestida con la túnica

blanca como leche. El amor mismo

se agita alrededor

…¿Qué rústica te ha hechizado el alma,

que no sabe siquiera cubrir con harapos sus tobillos?

 

Tristemente Lesbos hoy ya no es célebre por la refinada educación, ni por Safo, ni por haber originado una manera de nombrar a las mujeres que se aman, sino por las condiciones infrahumanas de los campos de refugiados que alberga.

Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.

Ahora y siempre dignidad, el que es digno.

 

Un énfasis en el vestido vemos también en El libro de la almohada, escrito ensayístico de Sei Shonagon (traducido parcialmente por Borges y Kodama) que data del siglo X en era cristiana. Da cuenta de la vida en la corte, altamente estratificada, donde ella se desempeña como dama de honor o agente del gusto:

Hacia el mediodía llegó el Consejero Mayor, Fujiwara no Korechika. Lo cubría una capa color cereza, lo bastante usada para haber perdido su rigidez, y debajo, un kimono blanco y pantalones sueltos de un color púrpura oscuro. Debajo de la capa se vislumbraba otro kimono de damasco rojo oscuro. (…) Un grupo de damas de honor estaba sentado detrás de las cortinas de bambú. Sus chaquetas chinas de color cereza quedaban sueltas sobre los hombros, con los cuellos dados vuelta; llevaban trajes de color celeste alilado, amarillo dorado, y otros colores, muchos de los cuales se dejaban ver debajo de la cortina que cubría la mitad de la persiana.

¿Cubrirse o descubrirse?

No es la cuestión. Menos para quienes venimos del mestizaje (¿quién no?) es decir que procedemos de distintas formas de entender lo natural en nuestra comunidad humana tan dada al artificio. En nuestro continente que intenta contener el Amazonas con banderas hay mujeres que acostumbran llevar el pecho descubierto y que difícilmente distinguen entre un uniforme militar y uno sanitario: ambos pertenecen al conjunto hombre blanco, ese que sabe demasiado poco para el poder que detenta y la violencia con que lo ejerce. Cuando salieron a marchar a una ciudad brasileña, en agosto del 2018, usaron un sostén negro, tal vez para evitar roces culturales que terminaran en agresiones, mayores aún, que la de ser desplazadas de su territorio. En Chile sucedió al revés, un país con una cultura represiva del cuerpo reforzada por la dictadura, donde el descubrimiento de los senos fue acompañado por el cubrimiento del rostro, en correspondencia al aparato persecutorio de un gobierno que a las demandas ciudadanas responde con infiltración y chorros de ácido, traspasando sin pudor el umbral de la piel.

 

Carmen Avendaño