Feria del libro de La Habana

Feria del libro de La Habana
Febrero 17, 2020 Ediciones Moneda

Una feria del libro multitudinaria en una cabaña, para llegar a la cual hay que pasar debajo del agua. Eso me había dicho Tony, anfitrión de la utopía, de la Feria del libro de La Habana. ¿Una cabaña gigante? ¿peces lectores? No veía claro y no entendía cómo llegaba la gente.

El taxi nos condujo por un túnel y aparecimos frente a la ciudad, canal de por medio,  en el morro que trepaba una procesión, entre buses, autos y juegos mecánicos. Primero nos detuvo una feria de los antojos: choclos asados, anticuchos, pasteles. Entre unos bocadillos de cerdo sublimes, similares a las carnitas michoacanas, se largó a llover y nos mezclamos con una tribu de adolescentes pegados a una pared bajo el alero, mientras otros se refugiaban en las carpas de artesanía. Escampó, dijo una muchacha y lideró el éxodo.

Tras pagar 3 pesos cubanos (menos de 200 pesos chilenos, menos de 3 mexicanos) enfilamos a la Cabaña, que resultó ser la Fortaleza de San Carlos, de 1774, la más grande construida por los españoles en América. Accedimos por un puente, sobre un foso como para cocodrilos, a paso lento entre la multitud más joven que mañana. Adentro la señalética indicaba con flechas para todos lados lo mucho que estaba sucediendo y nos recordaba el invitado de esta edición: Vietnam. Tal vez el giro de las armas a las letras de este histórico edificio militar se dio cuando el Che en 1959 fundó una escuela para alfabetizar a los revolucionarios. El caso es que el recinto donde estuvo preso José Martí, llamado por los cubanos el apóstol, ahora albergaba libros con su rostro en la portada.

Sin los grandes anaqueles y pendones de Guadalajara, sin la saturación publicitaria y auditiva de ese galpón gigante, las novedades se distribuían en salones sucesivos, de una o varias casas editoras. Las ediciones internacionales, con precios en moneda convertible equivalente a dólar, incluían sellos de México, Perú, Colombia, Costa Rica, España, Panamá, centrados en la infancia y juventud. Las nacionales, en peso cubano, comprendían distintos géneros, temas y provincias.

Beatriz, la administradora de nuestro alojamiento, me había advertido que las ediciones nacionales son menos atractivas que las internacionales, a pesar del costo. A la foránea que esto escribe los libros cubanos llamaron más la atención. El contraste no quedaba en el precio, con los cubanos de dólar hacia abajo y los extranjeros de 5 dólares hacia arriba, sino en la diferencia entre el libro como mercancía y el libro como política de Estado.

Me enteré de las condiciones para la edición en Cuba por casualidad. Le estaba tomando fotos a un portal de columnas celestes, cuando me di cuenta que se trataba de la Imprenta Nacional. Me acerqué a conversar con la recepcionista y me enteró de los problemas: la maquinaria obsoleta, los repuestos inconseguibles, los inventos de los técnicos para hacerlas funcionar, la escasez de papel. Días después me lo corroboró Daniel Díaz Mantilla, autor cubano y responsable de Libros Unión. Los manuscritos se acumulan, las novedades se retrasan, si bien no se detienen. Y esto abarca a los libros de texto, de ciencias, de historia, de narrativa y de poesía, la menos popular con los lectores, pero aún así popular en Cuba. Los precios de los libros son tan bajos que implican una inversión perpetua. No están permitidas las editoriales privadas.

Pero el modelo dista del mexicano, como en el caso del Fondo de Cultura Económica, de una gran editorial centralizada, sino que se compone por una diversidad de iniciativas distribuidas a lo largo del país, de tamaño y perfil diversos. Hay hasta una editorial cartonera del Estado, de esas que reciclan materiales y arman a mano libros únicos: Ediciones Vigía, de Matanzas.

Estos proyectos surgen, me contó Daniel, como respuesta a las vicisitudes del período especial, en los 90, con el repliegue del mundo socialista, cuando la gente, sujeta a carencias básicas, buscó la manera de seguir alimentando necesidades consideradas como secundarias, donde suele ubicarse a la literatura. Del otro lado de la economía, dominada por el libro mercantil, surgieron entonces iniciativas similares, que hoy llamamos editoriales independientes.

En el marco de la feria pero fuera del Morro, participé en el cuarto Encuentro Internacional de Promotores de la Poesía, donde asistí a la presentación de los catálogos de varias editoriales cubanas, extensos y breves, antiguos y nuevos, sin que operara entre ellas una jerarquía como la que divide y reina en este lado. La misma sensación horizontal me dejó el otro evento literario que concentra autores durante la Feria: El X Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe. No por lo juvenil (lo bastante flexible como para incluirme) sino por el carácter del encuentro, se sentía como un espacio acogedor donde cada poética tenía una oportunidad de hacerse oír por una comunidad amable y exigente.

La medida de la exigencia, a fin de cuentas, está dada por el esfuerzo que implica publicar con un subsidio estatal limitado presupuestalmente pero sin restricciones en términos de autonomía editorial. Es decir los autores no compiten unos contra otros, como en Chile, por los fondos de creación y publicación, sino contra la adversidad de la escasez, a consecuencia del bloqueo.  Como contraparte, según me detalló Daniel Díaz, cada título recibe la correspondiente difusión y es distribuido en el país de manera efectiva. La misma feria del libro de la Habana se vuelve itinerante.

 

De vuelta de la isla hice un alto en Ciudad de México, donde me reuní con el distribuidor Víctor de Santiago, para que llevara Ediciones Moneda a la Feria del Libro del Palacio de Minería. Es que aquí se publican demasiados libros, decía Víctor, en relación a dificultad para hacerlos llegar a los lectores. Y sabe de lo que habla. El camino de la poesía es incierto en las rutas del libro mercantilizado, y difícilmente llega a los anaqueles, menos a las vitrinas, permaneciendo embodegado como las buenas intenciones. Regresé a Chile cargada como burro y aún lamentando no haberme traído un libro de José Martí. En la aduana, cuando el oficial me revisó el equipaje me dijo: ¡Pero usted se lleva toda la Feria del libro!